Aquella cuyo nombre no se puede decir

Por Alejandro Marchionna

El menú de preocupaciones para el hombre de empresa en marzo de 2014 es vasto y concreto. Si no lo inquieta la elección de 2015 porque sigue nuestro consejo y copia a nuestros primos italianos “olvidándose de Roma”, aspectos del contexto macro están golpeando fuertemente a la puerta de la oficina ejecutiva.

Los costos son todo un tema. Los argentinos tenemos incorporada la inflación en nuestros cálculos de todo tipo. Individuos, empresas, sindicatos, el Estado – todos ajustamos nuestra expectativa de ingresos sobre la base de la inflación y un poquito más. ¿Desorden moral como pretende la Presidente? No nro 1: justa reacción de quienes, si tienen buena memoria, han sido esquilmados en cada proceso devaluatorio e inflacionario por un Estado que en ninguna época ajusta sus gastos y sus impuestos hacia la baja… No nro 2: es el Estado quien debería sincerar los costos de los servicios públicos y la energía, deteriorados por una década de desinversión y bajas tarifas.

Un capítulo complicado del tema costos es la discusión salarial. Ningún empresario quiere hambrear a sus empleados en el siglo XXI. Todos somos conscientes de la erosión del poder adquisitivo del peso a lo largo de esta épica década. Los sueldos han subido más que la inflación oficial en los últimos años, es discutible si han mantenido su poder adquisitivo real – pero hay evidencia anecdótica de que sí.
En consecuencia, ante el aumento de los costos, los precios. No considerar la inflación de costos en los precios de nuestros productos o servicios es suicida, no pasa por una cuestión de patriotismo. En pocos meses la empresa puede verse ante la imposibilidad de continuar con su negocio por un simple problema de caja.

Para complicar, los montos en moneda extranjera… ¿Ya se acabó la devaluación? ¿Cómo considero el componente importado en mis costos?¿Sus efectos mejorarán mi competitividad? ¿Bajará el impulso importador de mis principales clientes o distribuidores? ¿Podré volver a exportar? ¿Me alcanzarán los pesos para volver a importar mis materias primas o insumos? ¿Me endeudo para reequiparme?

Coronando todo, la inflación creciente motiva un aumento correspondiente en la preocupación por la descapitalización, es decir, la pérdida patrimonial. Son legendarias las historias de comerciantes quebrados en las hiperinflaciones de 1976, 1989, 1990… También quedan en la retina de los más memoriosos (o de los observadores de la realidad) los empleados de supermercados remarcando permanentemente los productos en un juego de gato y ratón entre la tickeadora y el carrito entre góndola y góndola.

Claro, muchas de las soluciones están en manos del Estado. Mientras esperamos estas buenas medidas, en las empresas nos debemos preparar para un tsunami, que ojalá no se produzca. Para ese escenario (¡uno más!), tenemos que trabajar en la propia austeridad en el gasto, el cuidado del cash flow sin perjudicar a nadie, la protección del patrimonio de la empresa (atención a la descapitalización por el efecto “rana en la olla”…). Y la aplicación de la mayor creatividad posible para continuar generando ingresos que mantengan viva a la empresa ante la incertidumbre.

Un comentario sobre “Aquella cuyo nombre no se puede decir

  1. Gracias Alejandro muy claro, y a esto súmale incertidumbre en ciertos países de la región y un nuevo componente a mi entender la desidia en lo laboral, el bajo compromiso que lleva los índices de ausentismo por arriba del 10 %.
    Gracias

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s