El error económico de discriminar

Por Ignacio Marchionna

Hace unas semanas tuve la oportunidad de estar en la presentación del Informe Barómetro de la Deuda Social Argentina, realizado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina (UCA), que releva anualmente distintas cuestiones relativas a la situación social, económica y de desarrollo humano de la población urbana en el país, desde el año 2004.

Este programa desarrollado por la UCA es hoy quizás, dada la intervención del INDEC desde el año 2007/2008, “el manual de las políticas públicas” a desarrollarse en el país debido al profesionalismo y al pleno sentido social y científico con el que se elabora, lejos de los intereses políticos de favorecer o descalificar al gobierno y más bien sirviendo como una luz que permita conocer la realidad de nuestro país para, en base a ella, trabajar hacia su mejoría.

Más allá de que es en cierta medida esperanzador –dado que muestra importantes mejoras desde el 2004-, también demuestra que resta un largo camino por recorrer en la reducción de la pobreza y la indigencia.

En este sentido, Agustín Salvia, coordinador e investigador del ODSA, se refirió al “núcleo duro” de la pobreza, situado en alrededor del 20% de la población, que resulta inalterado por las políticas públicas hasta el presente y que, según sus palabras, sólo podrá ser disminuido con una reestructuración del sistema económico y social.

Por todo lo anterior es que el informe de este año se llamó “Un régimen consolidado de bienestar con desigualdades persistentes. Claroscuros en el desarrollo humano y la integración social (2010-2013)”. Muy elocuente, refleja fielmente los datos duros de la realidad: aunque con mejoras, existe una barrera que parece insalvable, y hacia su superación debe apuntarse de aquí en más.

Pero entre los distintos datos que aporta el Informe, otro de los expositores, Alejandro Grimson, quiso referirse a aquellos que dan muestra de estas “persistentes desigualdades” de las que habla el título del informe.

A los encuestados se les preguntó si en un contexto de desempleo debían ser favorecidos los hombres (en desmedro de las mujeres) en la obtención de puestos de trabajo: aunque una mayoría considerable rechazó la propuesta, hubo un porcentaje no menor de personas que respondieron que estaban de acuerdo. Por tanto, lo que parece una pregunta ridícula se transforma en reveladora de la existencia de una discriminación y un prejuicio respecto de la importancia y el rol que deben cumplir las mujeres en nuestra sociedad desde el punto de vista laboral.

Ahora, más allá del disvalor cultural que este dato presenta, el problema lo afrontarán no sólo las mujeres que sean discriminadas al no otorgárseles puestos laborales, sino también aquéllos que cometan el error discriminatorio.

Y veámoslo en términos económicos. La discriminación es un error grosero desde el punto de vista económico debido a que el empleador, empresario, jefe (quienquiera que sea que la produzca) se verá negativamente afectado ya que por un prejuicio que nada tiene que ver con la capacidad laboral del nuevo empleado, la empresa se verá privada de un posible aumento en la productividad porque se empleará a un hombre menos capacitado o preparado que una mujer, por el simple hecho de haber nacido hombre.

Así, quien sea el encargado de contratar y elegir al personal, perderá la oportunidad de tener en su empresa a una persona más capacitada (con todo lo que ello implica en lo relativo a la mejora del funcionamiento y rendimiento de la empresa) por satisfacer su prejuicio.

De esta manera se puede pensar en cualquier discriminación: religión, color de piel, forma de vestirse o de hablar, orientación sexual, y toda otra que se le pueda ocurrir.

Incluso si Ud. es el dueño de la empresa y por tanto no tiene un gerente a quien pueda reprocharle que su empresa no sea lo más eficiente posible (ya que por su prejuicio no contrata a las mejores personas disponibles…) recuerde que es Ud. principalmente quien se ve perjudicado: discriminar a la hora de contratar ¡es perjudicial para su empresa! Es necesario que reconsidere lo que está haciendo: a la hora de elegir a sus empleados deje de lado sus prejuicios y elija a quienes más capacitados estén para hacer crecer su negocio.

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