Explicitación de costos

Por Patricio Marchionna

En teoría, todos estamos en contra de la contaminación y a favor de un mundo más verde. Ahora bien, si todos creemos lo mismo, ¿por qué no podemos generar, como sociedad, cambios positivos en nuestro medio ambiente? ¿Por qué se celebran cumbres entre los principales líderes mundiales para discutir cómo minimizar el impacto del ser humano en la naturaleza, y nunca se toman medidas concretas al respecto?

La explicación puede encontrarse en la existencia de costos ocultos. La relación que rige cualquier empresa es la siguiente inecuación de valor:

V > P > C

Es decir, el valor del producto o servicio ofrecido debe ser mayor al precio de mercado, para que el comprador perciba un beneficio; y el precio debe ser mayor al costo al cual es producido dicho bien o servicio, para que la empresa pueda percibir un beneficio. Las empresas deben, entonces, apuntar a maximizar el valor y minimizar el costo. Sin embargo, este comportamiento aparentemente lógico puede traer consecuencias negativas si no se explicitan todos los costos involucrados.

Veamos un ejemplo sencillo: una empresa, instalada a la vera de un río que cruza una zona con alta densidad poblacional, incorpora un nuevo producto a la línea; las perspectivas de ventas son buenas, y todos están entusiasmados. Sin embargo, durante su proceso de fabricación se genera un subproducto altamente contaminante. Supongamos ahora que la empresa tiene dos alternativas frente a dicho contaminante: a) tirarlo al río, sin costo; b) instalar un sistema de purificación para minimizar el impacto contaminante de dicho subproducto.

Asumamos que la empresa ejemplo opta por disminuir los costos en el corto plazo y decide no comprar el sistema de purificación y verter sus residuos al río sin tratarlos.

¿Qué podría ocurrir? Supongamos: el río empieza a emitir un olor pestilente, desaparece la fauna piscícola, la zona se convierte en un foco de contagio de enfermedades diversas… ¿Cómo afecta esto a la empresa? Al parecer en nada, al menos directamente.

Sin embargo, al no absorber el costo de la contaminación la empresa lo traslada al resto de la sociedad, que es la que termina pagándola con su propio bienestar. Esto repercute de manera negativa en la empresa en el largo plazo: pérdida de reputación y clientes, dificultad para contratar personal por estar ubicada en una zona contaminada, empleados afectados por enfermedades de origen laboral y que pueden redundar en problemas jurídicas, deterioro de la infraestructura de la zona, pérdida de valor inmobiliario por la instalación de actividades de bajo valor (basurales) y de villas de emergencia, etc.

La única forma de tomar en cuenta estas futuras complicaciones a la hora de tomar una decisión de inversión es explicitar su costo. Esto generaría ganancias a largo plazo para toda la sociedad: un entorno más saludable y el desarrollo de nuevas tecnologías estimuladas por la necesidad económica, no ya solamente moral, de preservar el medio ambiente.

Si la empresa se encontrara en un país en el que existen severas multas –una forma de explicitar costos- para los que causan daños al medio ambiente, seguramente elegiría la opción b). Por el contrario, si estuviera radicada en un país en el que las multas son leves y de improbable aplicación, lo más probable es que elija la opción a).

La diferencia entre ambos casos no surge de un respeto orgánico por la ley, no es una cuestión cultural; no se debe a que una empresa es buena y la otra mala. La diferencia se debe a que un país ha optado por explicitar el costo de la contaminación y el otro no.

En ese sentido, celebramos la decisión de asignarle un costo a las bolsas de plástico que antes regalaban en los supermercados: como ahora tienen un valor, hay clientes que llevan su propio carrito o utilizan bolsas ecológicas, contribuyendo a disminuir la generación de residuos; y se genera una conciencia social del impacto que tienen las bolsas de plástico en el medio ambiente.

Esta conceptualización puede aplicarse a cualquier situación de cualquier empresa: desde detalles, como las pérdidas que generan el no asignarle un valor al tiempo de los gerentes que después usan de manera ineficiente en reuniones inútiles; hasta no calcular el costo que le genera a la empresa un cliente insatisfecho, como vimos en el Newsletter del mes pasado.

Es por esto que, ante cada decisión, los individuos, empresarios y, fundamentalmente, la sociedad, deben evaluar la totalidad de los costos involucrados, no solamente los evidentes: también es necesario mirar los costos ocultos, que pueden parecer irrelevantes a primera vista pero que a menudo se acumulan en el largo plazo y pueden determinar el éxito o el fracaso de una decisión de negocios.

La sabiduría popular y el sentido común nunca fallan: lo barato siempre sale caro.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s