El buen delegador

Por el equipo de Integra

Es frecuente ver a muchos supervisores y gerentes que pasan la mayor parte del tiempo dedicándose a hacer al trabajo de sus supervisados. A veces es una cuestión de mesianismo: “sólo yo puedo hacer esto lo suficientemente bien”. Otras es, sin embargo, la falta de capacidad de delegar.

Delegar significa, ante todo, dejar que alguien haga las cosas y “saber tragarse el sapo” de que lo haga mal. Y si lo hace mal, habrá que explicarle cómo hacerlo bien… o incluso dejarlo que aprenda con el tiempo. Entrenar a otra persona significa sacrificar calidad, porque quien aprende va progresando en la tarea y por eso es esperable que tarde en alcanzar la calidad deseada. Pero si ante la deficiencia de calidad sale su jefe a “elevar” el trabajo realizado, entonces se recortan las posibilidades de aprendizaje.

Muchos supervisores se quejan de sus subalternos, pero lo cierto es que con su comportamiento los jefes suelen inhibir el aprendizaje de las personas. Por falta de confianza a veces delegan sólo las tareas menos “arriesgadas” y eso redunda en subalternos aburridos y sin desafíos, a la vez que sus jefes están sobrepasados de tareas operativas.

Y lo peor de todo es que mientras un jefe está ocupado haciendo las cosas que debiera delegar, nadie está haciendo el trabajo por el que verdaderamente le pagan. Y así, al no delegar, el jefe recorta su carrera, así como sus propias posibilidades de aprendizaje y desarrollo.

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