Lecciones del Belgrano

Por Patricio Marchionna

Uno de los hechos más tristemente célebres de la Guerra de Malvinas de 1982 fue el hundimiento del ARA General Belgrano por un submarino nuclear británico, que causó la pérdida de 323 tripulantes argentinos.

A pesar de que el gobierno británico ordenó el ataque al buque cuando el mismo se encontraba en una zona neutral y, por lo tanto, fuera del escenario de operaciones militares, la catástrofe puede ser adjudicada de forma directa e unívoca a una mala decisión de parte del comando militar argentino.

El Belgrano era un barco que había sido parte de la marina de Estados Unidos, ingresando al servicio en 1938. Participó en numerosas operaciones durante la Segunda Guerra Mundial, incluido el ataque japonés a la base hawaiana de Pearl Harbour, del que pudo escapar sin daños. En 1951 fue adquirido por el gobierno de Juan Domingo Perón y en 1955 participó en el Golpe de Estado que lo derrocó. En 1978 participó de la Operación Soberanía, destinada a invadir las islas al sur del Canal de Beagle. El 16 de abril de 1982 zarpó para unirse como buque insignia de la Flota de Mar Argentina en el teatro de operaciones de las Islas Malvinas. Fue hundido el 2 de mayo de ese año.

El barco no estaba en condiciones de participar de una contienda naval contra una potencia del tamaño de Gran Bretaña: al momento de zarpar, tenía ya 45 años de edad. Se le habían añadido tecnologías de radar y misiles, pero sus turbinas estaban en malas condiciones y no contaba con sistemas antisubmarino, ni ofensivos ni defensivos. Es decir que el buque era un sitting duck (presa fácil) para cualquier submarino que lo atacara.

Por lo tanto, enviar al Belgrano a combatir fue una mala decisión, influenciada por la emoción y los preconceptos: era el buque insignia de la flota nacional, y no podía no participar del conflicto.

Esta lección se puede aplicar también al mundo de los negocios. Imaginemos que una empresa ya ha logrado diversificarse por fuera de su negocio original y se ha expandido exitosamente a otros mercados. Lamentablemente, el negocio original ya no es lo que era, y los números no resultan del todo satisfactorios. Todo va bien mientras el escenario de la rivalidad existente esté tranquilo; pero apenas surja una crisis y la competencia se redoble, la empresa deberá enfrentarse a la misma decisión a la que se enfrentó el almirantazgo argentino: ¿enviamos o no al Belgrano a competir contra enemigos superiores? ¿Invertimos en remozar el buque, arriesgando su hundimiento? ¿O intentamos maximizar las ganancias provenientes de su desguace, invirtiendo ese dinero en otros negocios?

Como siempre, no hay una sola respuesta posible y para cada caso hay una solución única y particular. Sin embargo, lo que sí está claro es lo siguiente: es necesario actuar sin dejarse dominar por la emoción, o indefectiblemente perderemos al Belgrano.

Fuentes: http://www.elhistoriador.com.ar/frases/dictadura/el_hundimiento_del_crucero_general_belgrano.php

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