El niño saboteador

Por Ignacio Marchionna

Pasadas las 6 de la tarde la sombra de los árboles y el olor a pasto recién cortado resultaron una invitación demasiado tentadora para tirarme en una plaza a disfrutar del “verde” en medio de la ciudad del cemento. Así estaba cuando la llegada del payaso, animador y mago (un poco de todo) interrumpió el silencio y la tranquilidad en el sector de los juegos para niños.

Luego de observar por un rato la situación me percaté de que, un poco alejadas del grupo de chicos que se divertían con los trucos, había dos niñas que hacían caso omiso de las indicaciones y chistes del incansable señor. Agudizando los sentidos, me di cuenta de que no era esto lo que hacían sino que, de hecho, replicaban a las consignas de manera de arruinar las salidas del payaso. Sí, señoras y señores, ¡estaban saboteando su trabajo y el entretenimiento de todos! Cuando había que responder que sí, decían que no; cuando había que bailar, se sentaban; cuando había que cantar, se callaban.

Poco hubieran importado estos palos en la rueda que ponían las dos chicas si no hubiesen logrado conectarse con algunos otros que, no tan comprometidos con el juego general (quizás por mayor propensión a la desatención, o por estar ubicados más cerca de ellas), dejaban de prestar atención al animador y, al observar a las niñas, cambiaban sus sonrisas de alegría por gestos de incomprensión.

Entonces recordé que en los festejos de cumpleaños de mis compañeros en la primaria y el jardín siempre había uno que se empecinaba en luchar contra la diversión general. A veces para diversión propia, a veces para intentar sobresalir, y otras vaya uno a saber por qué. En ocasiones lograba su cometido, para decepción de los padres organizadores, desesperación del animador y menor diversión de los niños. Aunque las veces que fracasaban, al quedar excluidos y sin poder captar la atención del resto, esos chicos terminaban sumándose a la dinámica grupal, para el bienestar generalizado.

Pero estas imágenes del pasado me hicieron caer en la cuenta de que, aún cuando crecen, en todas las relaciones sociales (laborales, familiares, de amistad, en el equipo de fútbol) hay gente que intenta desanimar, entorpecer y frustrar el trabajo, los planes y los objetivos planteados. Que el proyecto es un imposible, que el cambio de metodología será para peor, que el asado saldrá mal – cualquier argumento es factible. El modus operandi, empero, se repite: hacer comentarios negativos, intentar convencer a algunos de los más indecisos o inseguros de que no conviene seguir, exagerar los potenciales riesgos, esgrimir escenarios terribles.

En las organizaciones, los líderes de los equipos de trabajo deben actuar al identificar la existencia de “niños” saboteadores. En primer lugar, deben intentar que no se produzca un efecto contagio, impidiendo que haya una “conexión” entre el saboteador y el resto del equipo, quedando el saboteador aislado y por tanto obligado a sumarse, aunque a regañadientes, al trabajo grupal. Tras esto, debe buscar no excluirlo ante el temor de que “vuelva a sus andanzas” sino incluirlo, otorgándole espacios para que su aporte sea contributivo y no una mera presencia silenciosa.

Para el resto, es preciso reconocer que alguna vez fuimos o seremos “niños saboteadores”. Darse cuenta de esto y dejar el berrinche promoverá seguramente una mejor relación con las personas en nuestro entorno y mejorará ampliamente nuestro aporte al grupo social o la empresa.

3 comentarios sobre “El niño saboteador

  1. Gracias Ignacio
    Llego justo en el momento adecuado para tomar una decisión sobre una persona que hacia 12 años que venia siendo un saboteador y no hubo forma de incluirlo en el equipo de trabajo.
    Cuando pasan tantos años es mas responsabilidad de la Dirección de la empresa que de la persona.
    En nuestro caso entiendo que fue nuestra culpa estar tanto tiempo intentando incluirlo y sin resultados
    Gracias

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