Las fotomultas y el desempeño

Por Ignacio Marchionna

Manejando a una velocidad más lenta de la que desearía, pasan a mi lado varios conductores que sobrepasan el límite de 100km/h. A la distancia, se ven sus luces de freno. Apurados, pero cuidadosos del bolsillo, evitando así la multa para luego continuar a mayores velocidades.  Como dicen: hecha la ley, hecha la trampa.

Los límites de velocidad –y las cámaras que castigan a quienes los incumplen- tienen como objetivo que, al transitar más lentamente, haya menores riesgos de accidentes, se prevengan maniobras imprudentes y, en caso de ocurrir una fatalidad, que sus consecuencias sean de menor gravedad. Pero claro, el costo de instalar cámaras muy seguidas genera que, en las zonas en las que ellas no existen, muchos aprovechen para ir más rápido, sin existir por tanto una penalización por aquello.

Sin ánimos de entrar en la discusión de si los límites son altos o bajos, o si está bien o no lo que hacen estas personas, lo cierto es que muchas veces ocurre que, por estar distraídos, otros conductores más cautos y que van a velocidades promedio menores se ven castigados por las fotomultas.

Es decir, si tomamos la velocidad promedio de uno de los individuos antes descriptos, esta podría ser de 130 o 140 km/h, sin recibir ningún tipo de castigo por frenar en los tramos cubiertos por las cámaras. En cambio, alguno con una velocidad promedio de 110, o incluso menor pero que justo en ese instante “dejó el pie” en el acelerador, podría sufrir las consecuencias de su descuido. Por tanto, en vez de castigar al que va rápido, puede ocurrir que se castigue al que intenta cumplir con el límite de velocidad.

Las fotomultas demuestran ser un ejemplo más de la incapacidad –y a veces desinterés- en cuanto a la evaluación del rendimiento y comportamiento de las personas desde cualquier punto de vista y en diferentes ámbitos: académico, empresarial e incluso familiar y en relaciones de amistad.

El caso más típico es el académico, por supuesto. En la gran mayoría de los establecimientos educativos se da casi exclusiva importancia a los exámenes. Un mal día, un problema personal, cualquier cosa puede dejar al alumno “fuera de carrera”, más allá de su compromiso y conocimientos adquiridos en la materia.

A nivel laboral, un premio por cantidad de ventas puede empujar a un empleado a vender a precios bajos para cumplir con el objetivo, dañando así el margen bruto y la rentabilidad de la empresa.

Evaluar globalmente a alumnos y empleados ayudará a retener y premiar a los mejores y a llamarle la atención a los que sean del equipo del “trabajo a reglamento”, respetando normas pero faltando a su espíritu o al objetivo último. Sí, es más difícil. Pero, ¿no valdrá la pena?

 

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