El valor de la refacción

por Christian Joanidis –

Siempre es más fácil demoler todo y empezar de nuevo antes que refaccionar una propiedad. Hay veces que la refacción es imposible, otras los cambios que uno quiere hacer ya no caben en la estructura actual y la demolición es el único camino. El paralelismo con las empresas es casi perfecto.

Cuando hay problemas, cuando las cosas no funcionan como necesitamos, siempre está la tentación de demoler todo. Quien asume una nueva posición de mando siempre cree que es mejor tirar abajo todo antes que refaccionar. Es lo más fácil desde el punto de vista intelectual: no hay mucho que pensar, sólo pasar la topadora y empezar de nuevo. Desde el punto de vista económico es justamente la forma más cara de encarar los cambios. A su vez, encierra una serie de riesgos. Las capacidades que construye una organización están dentro de ella, embebidas y no es muy fácil detectar donde. De hecho, es justamente este punto el que hace de estas capacidades un activo de difícil imitación por parte de la competencia. Al demoler, ¿estamos destruyendo alguna de nuestras capacidades? Los grandes cambios pueden terminar desvaneciendo justamente algún activo estratégico para la organización.

De hecho, la gestión del cambio busca minimizar el impacto de los cambios en la organización. Una persona se reemplaza fácilmente, dos también, una docena ya no. Si el cambio deja en el camino a muchas personas puede que estemos perdiendo alguna de nuestras capacidades. Si se va gran parte de la fuerza de venta, tal vez se pierda la cultura del sector, que era justamente la que nos distinguía de nuestros competidores. Como todo en gestión, no está regido por la caridad, sino por los objetivos de la organización.

Refaccionar, por otro lado, es algo sumamente trabajoso. Claro que es más barato, pero muchas veces puede no ser justamente lo que necesitamos. Primero hace falta mucho tiempo para entender las particularidades y la forma en que todo está armado. La gran ventaja es que conserva a la organización íntegra. Se trata de cambios menores que tienen poco impacto. Es una renovación paulatina que nos permite hacer un cambio acotado y asegurarnos de que conservamos las capacidades y así, vamos sumando pequeñas transformaciones sin que se pierda demasiado. Intelectualmente es sumamente complejo y requiere de conocimiento y experiencia para que la refacción sea efectiva, de lo contrario serán cambios que no tienen ningún efecto o incluso podemos llegar a armar algún engendro absurdo.

Refaccionar o demoler es siempre un dilema. La decisión depende en gran medida del estadio en que se encuentre la organización, asumiendo que se cuenta con los recursos para optar por cualquiera de las dos alternativas. Existen casos en los que no hay nada que perder, en los que la organización está en un declive tal que sólo hay dos caminos: o la muerte o la resurrección. En este caso, demoler es la única esperanza. En otras ocasiones el crecimiento sobrepasa toda expectativa y sólo la demolición puede darnos todo lo que necesitamos para sostener este crecimiento. En el resto de los casos suele ser más sabio refaccionar… y siempre es bueno llamar a un arquitecto.

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