La muerte de la improvisación y la opinología

Por Christian Joanidis

(Extracto del libro “Plan de Negocios, la Película”)

La planificación, en cualquier ámbito, es una forma de romper con la improvisación. Algunos consideran la improvisación como un arte, cuando lo que hacen en realidad es exponerse innecesariamente a situaciones de peligro y desprestigio. Quien improvisa no tiene tiempo de reflexionar y actúa básicamente por instinto. Y aquí no estoy hablando del binomio racionalidad–emocionalidad, porque quien planifica también clarifica sus emociones frente a las situaciones: el único binomio que cuenta es el de planificación–improvisación.

De la mano de la planificación está el análisis; de la mano de la improvisación, solo la opinión. Al analizar las situaciones, vemos todas las aristas de un problema, vemos la mayor cantidad posible de variables y entonces podemos tomar una decisión con más información o al menos con un mayor análisis de las alternativas. La opinión se contrapone al análisis en el sentido en que no tiene demasiado sustento, sino que es más una cuestión de cada persona. El análisis se mueve en el terreno de la objetividad, la opinión en el de la subjetividad.

El plan transforma las opiniones en análisis. A menos que provengan de personas muy prestigiosas, nadie está interesado en las opiniones, pero el análisis seduce a todos. Alguien se presenta frente a nosotros y nos dice que tiene un buen negocio en mente, nos dice que funciona y que él asegura que nada puede fallar. Nadie le creerá, porque todo lo que hizo fue expresar opiniones. Es más fácil creerle a alguien que nos muestra un análisis, a alguien que racionaliza las cosas, antes que a alguien que solo basa sus dichos en la fe que se tiene a sí mismo. Solo puede expresar opiniones quien tenga una gran trayectoria y una historia de éxito tal que nos basta para creer en cualquier cosa que nos diga. No es el caso de la gran mayoría de nosotros.

Los detractores de los planes, que los hay y muchos, suelen ver la improvisación como la forma más adecuada de tomar decisiones. Se sienten más cómodos, les parece más fácil, pero sobre todo confían demasiado en sus instintos. Algunos triunfan, otros no: es como un juego de azar.

El argumento de que el plan nunca se cumple es obsoleto. Todos sabemos que el plan no se cumple. Quien planifica para seguir el plan se equivoca. Planificar es solo un ejercicio de reflexión que nos ayuda
a clarificar las cosas. Durante este ejercicio se barajan infinitas alternativas, pero se elige una. Lo importante no es la alternativa seleccionada, sino haber pensado en otras que ya fueron analizadas y pueden ser implementadas una vez que estemos sobre el terreno. Aunque el plan se transforme luego, la reflexión hecha para hacer el plan nunca se pierde. Lo más valioso es justamente esa reflexión.

Si el plan era instalar la planta productora en determinado lugar y luego no encontramos espacio físico para hacerlo, pronto iremos a alguna de las otras alternativas que descartamos. Si nuestro plan de promoción incluía una serie de acciones y descubrimos que una acción que teníamos como poco efectiva resulta ser prometedora, entonces nos volcaremos a esa acción, pero el análisis está hecho.

El plan puede salir mal, puede tener errores, pero la reflexión nos preparó para eso y para mucho más. El impulso y la improvisación solo tienen como alternativa un único camino y si falla habrá que inventar otro sobre la marcha, en el apuro… solo un excesivo nivel de autoconfianza y hasta cierto mesianismo puede convencer a las personas de que es posible triunfar de esta forma.

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