O, Fortuna

Por Alejandro Marchionna Faré

Hace tres meses nos frotábamos las manos esperando una cosecha récord que impulsara una reactivación fuerte. Era el escenario “Graneros llenos”, incluso a pesar de la sequía que afectaba a diversas zonas del país.

Hoy Nación, provincias y municipios ponen el hombro a los productores que luchan para evacuar el agua, reanudar la cosecha y transportar el grano al puerto.  Habría que hablar de un escenario “Silobolsa flotante”.

En este contexto se multiplican las llamadas a una devaluación para restaurar la competitividad de la economía argentina. Se habla de nuestra inflación en dólares. Es un canto de sirena.

La experiencia argentina con las repetidas y endémicas devaluaciones del peso es que son el alimento de la hoguera inflacionaria: se devalúa y nuestros siempre alertas agentes económicos o ya la habían anticipado en sus precios o se ajustan rápidamente para no perder posiciones relativas; o… peor aún… hacen ambas cosas.

¿Se limita a nuestros pagos este problema? No…  Una de las razones por las que se creó el Sistema Monetario Europeo y luego el Euro, es la comprensión por parte de países como Francia e Italia de que no servía el remedio de las devaluaciones recurrentes de sus monedas (melancólico recuerdo para el franco y la lira) para mantener la competitividad frente a las empresas alemanas. Sin producirse las estampidas de corrección de la Argentina, en uno o dos años todos los factores de costos de las empresas francesas e italianas se habían ajustado a las nuevas condiciones generadas por la devaluación. Los ajustes iban a tasas de inflación y a desórdenes que finalmente eliminaban el “catch up” que había representado el nuevo tipo de cambio.

Orden monetario, vivir dentro de sus posibilidades, desacople de expectativas inflacionarias. Remedios antipáticos que siempre “conspiran contra el sector productivo”. Único camino para resolver los problemas estructurales de la economía y las empresas argentinas.

El equipo de INTEGRA está preparado para acompañar a las empresas en sus procesos de mejora de la competitividad y de análisis de valor de actividades y elementos. Sólo así se puede garantizar no sólo la supervivencia de nuestras empresas sino su genuino desarrollo que les permita convertirse en campeones mundiales.

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